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El Rufo en los Porretales.
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   EL RUFO EN LOS PORRETALES
Por: Paulino Zamarro

Corría el año 1936 y hacía tan solo unos días que había comenzado la Guerra Civil, Rufino Calderón, conocido como “El Rufo”, por sus afinidades con el Partido Comunista y por ser el Secretario de la “Casa del Pueblo”, hacía un rato que había regresado de tomar unos chatos con sus amigos y estaba cenando tranquilamente, cuando llamaron a la puerta y apareció aquella macabra institución denominada “La Escuadra Negra”, acompañada por un falangista local, requiriéndole para que les acompañara a dar un “paseo”.
El Rufo salió de casa con ellos, subiendo a una camioneta, donde le esperaba Daniel Gómez, que era el Presidente de la mencionada “Casa del Pueblo” y que se encontraba en sus mismas circunstancias, percatándose ambos enseguida de las macabras intenciones de sus anfitriones, con los cuales salieron inmediatamente por la carretera de Segovia.
Al salir del pueblo, uno de los que custodiaba a los prisioneros en la parte trasera de la camioneta, que conocía al Rufo por haber estado juntos en Valladolid y que le caía bastante bien, le dijo al oído: En cuánto paremos, salta, corre y no te pares, que como te puedes imaginar nuestra intención es fusilaros. Yo haré como si me cogiera por sorpresa, pero no dispondrás de mucho tiempo.
El Rufo no se lo pensó dos veces, no había tiempo para ello; cuando la camioneta redujo su velocidad cerca del empalme de Cabezuela, no esperó a que parara del todo, saltó y corrió sin descanso, oyó disparos a su espalda pero siguió corriendo y no paró hasta caer extenuado, pero vivo, sobre las arenas del pinar.
Su compañero no tuvo la misma suerte, también intentó salir corriendo instantes después de que lo hiciera El Rufo, aprovechando la confusión, pero cayó abatido por los disparos unos metros más allá.
La mujer de El Rufo, al día siguiente habló con el Cura de Cantalejo y le expuso lo ocurrido, temiéndose lo peor. El Cura habló inmediatamente con el Alcalde, a la sazón D. José Gil (el boticario), que era el jefe de Falange de Cantalejo y juntos se enfrentaron a la “Escuadra Negra” enviada desde Valladolid, recriminándoles lo que habían hecho y diciéndoles que en Cantalejo no había ninguna persona que fuera tan mala como para recibir tal trato, que los peores del pueblo eran ellos mismos (es decir, el Alcalde y el Cura) y por tanto que, si querían fusilar a alguien más, allí estaban ellos para ser los primeros.
De todas formas, tal vez no fue así exactamente, ya que otras versiones dicen que la mencionada Escuadra Negra ya había hablado el día anterior con el Alcalde, al que le presentó una lista de veinte personas a las que había que fusilar para mantener el orden y el terror, de la misma forma que lo estaban haciendo en la zona “Roja” que es como llamaban a la zona republicana.
Según esta última versión, aunque el Alcalde se opuso con todas sus fuerzas, no pudo impedir que se llevaran a dos, pero sea como fuere, ni el Alcalde ni el Cura estaban dispuestos a que se volviera a repetir, destacándose decididamente el Cura, D. Primitivo Galán Arriba, que según dicen era un hombre alto y fuerte, tanto físicamente como de carácter, que llegó aún más lejos en defensa de sus feligreses, enfrentándose incluso personalmente con los falangistas más recalcitrantes y patrullando durante muchas noches las calles del pueblo, vigilando que no se llevaran a nadie, consiguiendo incluso una ayuda para las viudas (una de ellas afortunadamente presunta).
Hay que alabar la valentía de estos dos personajes, que se portaron como verdaderos defensores del pueblo en un momento en el que destacarse podía ser peligroso, consiguiendo de esta forma que no volviera a darse ningún caso semejante en el transcurso de la guerra; pero volvamos con El Rufo, al cual habíamos dejado reponiéndose del susto, en un lugar indeterminado próximo al arroyo de Senovilla.
Habían pasado tan solo un par de horas y seguía siendo de noche, El Rufo aún tenía el miedo en el cuerpo y deseaba poner tierra por medio, no fuera que le estuvieran buscando, así que se levantó y continuó caminando sin saber muy bien a donde ir, por aquellos pinares que conocía tan bien, acabando al clarear el día cerca de Lastras de Cuéllar, donde buscó una zona semioculta entre la vegetación y agotado, se durmió y no despertó hasta mediada la tarde del día que acababa de comenzar.
Los siguientes días fueron horribles, estaba vivo y eso era importante, pero estaba solo, no tenía nada que comer y no se atrevía a dejarse ver, así que de momento se planteó ocultarse en Las Soledades del Cega, concretamente en Los Porretales, donde abunda la vegetación y por tanto es fácil pasar desapercibido, aunque para dormir a veces tuviera que internarse entre los pinos para evitar las picaduras de los mosquitos; se procuró una buena vara de fresno, para defenderse de un eventual encuentro con los lobos del pinar y se dedicó a buscarse el alimento indispensable para subsistir.
Apenas había nada que comer en el campo, la zona que había elegido estaba alejada de las áreas de cultivo y no había llegado la explosión de frutillas del otoño, de modo que sólo pudo alimentarse de algunas plantas silvestres que conocía, berros del río, brotes de juncos y zarzas, así como algunas otras hierbas que probó con diferente fortuna. También incluyó en su dieta algunos pececillos, cangrejos y ranas cogidos en los bodones del Cega, los cuales tuvo que consumir crudos al carecer de fuego, y algunas verduras que sustrajo, acercándose de noche a los huertos de Veganzones y Cabezuela.
Pasaron más de quince días y el hambre se hacía insoportable, ya que los pocos alimentos que conseguía agenciarse no conseguían ni mucho menos saciar su apetito, de modo que se acabó acercando a los ganaderos que venían a cuidar las vacas de los cercados que hay en los Porretales y pidiéndoles parte de la merienda que traían, aunque por precaución, no se acercó a ellos el primer día y sólo el hambre hizo que finalmente se decidiera. A partir de este momento su alimentación mejoró bastante, los ganaderos siempre le daban algo cuando le encontraban, o se lo dejaban en sitios convenidos, proporcionándole también fuego, una manta, una navaja, etc. para que pudiera apañase mejor, de forma que, aunque no se encontraba en el mejor de los mundos, al menos podía hablar con alguien de vez en cuando y disponía de los pequeños recursos suministrados por sus discretos benefactores.
Muchas noches las pasó al raso ya que hacía buen tiempo, o en alguno de los pequeños refugios distribuidos por el pinar para los recolectores de la miera. Llegó el otoño y al principio todo iba muy bien, había abundancia de frutillas en el soto del río y de níscalos, turmas y otras setas en el pinar, pero se avecinaba el invierno y las noches comenzaron a ser más frías, con lo que la permanencia en el campo comenzaba a ser problemática.
Un día, en su constante deambular, El Rufo se acercó a Cantalejo, donde observó durante largo rato a unos conocidos que estaban labrando sus tierras, atreviéndose por fin a acercarse a ellos, ya que eran de su confianza e incluso algo familia, aunque primó mucho más lo primero y sobre todo la soledad, el hambre acumulado durante al menos cuatro meses de ayuno involuntario y la proximidad del duro invierno. Ni que decir tiene que, después de las presentaciones y formalidades imprescindibles, El Rufo se comió íntegramente la merienda de los cuatro briqueros y se bebió la bota de vino que llevaban. Una vez hubo dado cuentas de las viandas, continuó explicando con más calma las cosas que le habían sucedido durante aquellos largos e interminables meses y se decidió, animado por sus vecinos, a regresar al pueblo.
Al anochecer, acompañado por Justo Sanz (Volante), que era uno de los labradores, El Rufo entró en el pueblo por el camino de laguna China, bordeó el barrio del Cotarrillo y se encaminó hacia su casa en las cercanías de las escuelas, las cuales habían sido bombardeadas por la aviación del bando republicano hacía unas semanas. Su mujer, que ya estaba apercibida, lo recibió con los brazos abiertos y El Rufo, que sólo salió de su casa para refugiarse en la de su tío Piñano por considerarla más segura, no se dejó ver hasta que hubo terminado la guerra, ocultándose dentro del horno en el que se cocía el pan cada vez que llamaban a la puerta, ya que la precaución y el miedo aconsejaban que nadie supiera donde estaba. Sus hijas y su mujer le visitaban regularmente y nadie sospechó nada durante toda la contienda.

NOTAS:
1. Briquero: Cantalejano.
2. Miera: Resina recolectada de los pinos.


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